Volvemos a la carga.
Otra de las gracias de salir a escalar, aparte de la dificultad, el ejercicio físico,... es hacerlo dónde nadie lo ha hecho antes. Crear nuevos proyectos. Claro está que estos son mucho más satisfactorios si hablamos de gestas épicas: vías largísimas, con gran dificultad, a gran altura,... Pero eso está sólo al alcance de unos pocos. El resto de los mortales nos conformamos con bastante menos.
No digo que esto le apasione, por norma, a todo el que escala. Pero es como todas las grandes exploraciones. El placer de llegar o hacer algo que nadie más ha conseguido.
Una vez soltado todo el rollo de la fundamentación (según la estructura que aprendí en el colegio, jeje), paso al meollo de lo que nos ocupa en esta ocasión.
Siempre he tenido en la cabeza encontrar algo, cerca de mi pueblo donde se pueda escalar. No me asusta el trabajo que conlleva. De hecho lo he intentado varias veces buscando zonas de bloque. Ya tenía bastante claro que esclada deportiva era complicado. Si hubiera algún sitio con rocas lo suficientemente grandes como para hacerlo ya me hubiera dado cuenta hace tiempo. Alguna hay, pero demasiado suelta com para merecer la pena, puesto que luego se convierte en una zona de visitas anecdóticas.
Pero un bloque sale de bastante poca cosa. Y después de dar muchas vueltas por lugares ya más que explorados, empiezas a hacerte una idea de lo que buscas.
Depués de muchos ensayos y errores y de dar vueltas por toda la zona, David y yo nos acercamos un día a una que nos llamaba bastante la atención desde hace tiempo. Un enclave entre Arroyomolinos de la Vera y Pasarón de la Vera. Sobresalía especialmente un cerro en el que se veían montones de bolos. Se ve claramente desde la carretera.
Yo ya había parado varias veces a ver que oteaba desde la carretera. Incluso había cogido un pequeño desvío por si había algo más.
En montones de ocasiones habíamos especulado con la hipotética visita. Casi siempre entre copa y copa.
Así que sin más nos decidimos, un día perdido a acercarnos a dar un paseo. Eso sí, pertrechados de nuestras colchonetas y unos cepillos para limpiar las posibles presas. Convencidos plenamente de que íbamos a tener suerte.
En lugar de dirigirnos a lo más evidente, empezamos por un sitio que tenía muy buena pinta desde la carretera, más fácil acceso y, algo muy importante para el verano, sombra.
Un poco más por probar suerte que otra cosa, nos pusimos a dar una vuelta. Cuando de repente, a 30 segundos de la carretera, entre unos robles, nos encontramos ya con un sector. Granito bastante firme (no desprende demasiado para no haber sido tocado nunca). Y más importante aún, no había que quitar apenas musgo porque las líneas son bastante evidentes. Seguimos dando vueltas. Pero lo mejor de aquel día (con sombra) ya lo habíamos visto.
En posteriores ocasiones nos hemos dado cuenta que hay más de un sector (aunque ya lo intuíamos). De hecho, justo al lado teníamos otro perfecto para el invierno. Poco viento casi siempre y cuando pega el sol la temperatura puede volverse más que agradable.
Queda muchísimo por explorar y, a este artículo, le van a faltar las fotos de rigor. Así que tengo clarísismo que no va a ser el último que escriba de la zona.
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